Un torero con bombín

6 de septiembre de 2006. Tarde de tormenta en Madrid, nubes negras, chaparrón vespertino, todo eran malos presagios. El torero debía encomendarse a sus santos ácratas y ateos, porque debían de tremblarse las piernas ante lo que se le avecinaba. Un toro de unas 20000 personas que reventaban Las Ventas, sedientas de su presencia. Joaquín, el torero, llevaba una mala racha: entre marichalazos, discusiones con memos, compañías monárquicas en cenas republicanas, desplantes al personal cual rockstar stoniana, grabaciones con nivel inferior al acostumbrado, y una depresión de caballo, completaban un cóctel explosivo que quería sacudirse de encima por completo. Dejar todo eso atrás, congratularse de nuevo con su público, con el de su casa y salir por la puerta grande. El diestro Sabina salía al ruedo desafiando al temporal, como diciéndole: Para cabrón, que esta noche es mía!

El concierto vino predecido de un descontrol en los accesos, todo tenía mala pinta y la solución fue hacerse los rápidos, Madrid-Euskadi-La Rioja se colaron por la face. Noche abstemia, no alcohol, no se vende: ni la birrita furtiva pudo aplacar la sed del verano madrileño con ese olor post-tormenta. La actuación previa de Olga Román no prometía mucho, ya que la pobre tuvo problemas de sonido. La salida de Sabina a presentarla hizo venirse abajo los 3 cuartos de aforo que había ocupados hasta entonces. El maestro, de bombín y traje gris, el hombre del traje gris, salió con los acordes de Y nos dieron las diez…., y nos sabíamos que nos a dar las tantas….
La primera Aves de paso, le pilló un poco frío y se le notó. Todo esto se lo sacudió con Ahora.., descargando su furia en un bastón que más que ayudarle a caminar, lo único que hacía era darle más fuerzas. No paró de golpear el suelo, los altavoces, todo lo que se le encontraba por delante. Ahí se sacudió todos los miedos, a riesgo de perder su vara, que seguro era de madera noble para poder soportar esa embestida demente.

La presentación en escena era muy buena, como acostumbra. Ambiente cabaretero con proyecciones de imágenes relacionadas o no con los temas que se iban sucediendo: fotos del Madrid antiguo, parejas, Leonard Cohen, la República, Atocha, Bob Dylan, Chavela Vargas, imágenes de guerras y de gente protestando las guerras, etc., e incluso salió Homer Simpson a la guitarra.

Le siguieron Mentiras Piadosas, Conductores Suicidas, Siete Crisantemos o Esta noche contigo (que recuerde), para cambiarse de chaqueta (literalmente) y dejar a Pancho Varona una genial versión de Esta boca es mía a lo Rosendo. Después Jaime Asúa (ex-Alarma) se arrancó con Marilyn Monroe, junto a la srta. Román.

Se puso tierno con Peor para el Sol, Calle Melancolía, Pájaros de Portugal, Princesa, Ruido, Contigo o Que se llama Soledad. Pero la piel se nos puso de gallina cuando dedicó Yo me bajo en Atocha a los ausentes. Siempre me gustó esa canción y alabo que Joaquín no haya hecho bandera de esa canción respecto a ese día. Las canciones hay veces que están por encima de los hechos. Incluso apareció el Sabina rockero y canalla con Pacto entre Caballeros, El Pirata Cojo, 19 días y 500 noches, o una versión de Llueve sobre Mojado (sin Fito, claro).

Volvió a tocar Y sin embargo, predecida de Olga Román del Y sin embargo te quiero de Quintero, León y Quiroga. Las Ventas se vino abajo cuando tocó Pongamos que hablo de Madrid (con final feliz) y la original De Purísima y Oro: Madrid en estado puro. Con Noches de Boda, vino el tradicional homenaje a Chavela (no se cansará, no), y encadenando al final, Y nos dieron las diez, aunque ya sin acordes, completa.

Canalla!

Una vez se despidieron por última vez, sonaba por los altavoces Pastillas para no soñar. Las necesitábamos, estábamos soñando, no podía creerlo cuando miraba el reloj, 3 horas de Sabina en estado puro. Más viejo, más ronco, pero más veterano, con muchas ganas, y repasando su trayectoria. Espero que no sea la última faena de este calibre del maestro en Madrid. Ganó el desafío al tiempo, a los críticos, a su salud, a sus dimes y diretes y volvió a salir por la Puerta Grande. Yo, en cambio, salí saltando el callejón, furtivamente, evitando el colapso en la salida, intentando no perder el metro, y teniendo que volver a darme una vuelta en coche a recoger a los perdidos. Qué sinsentido!

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