Por favor, 3 tickets para un viaje vespertino de un sábado cualquiera. Sí, desde México a Madrid, pasando enfrente de Berlín.
¿Y cómo? ¿Seguir las indicaciones del billete? ¿Hacer caso de otros viajeros? Improvisación, lo más apropiado. Y dicho y hecho, con mucho fundamento, aunque sepa a rayos. ¿Qué hacer mientras? ¿Qué pasará? Derek Zoolander nos abrirá el paso, sus miradas Acero Azul y Magnum harán que el viaje se haga más ameno y entretenido. Rápido, muy rápido, empieza el cuello a perder la verticalidad. Cosquilleo de brazos y piernas, que avanzan por los abductores y bajan por los gemelos. Yo sólo, ¡qué horror!. Mis compañeros de viaje, menos mal, empiezan minutos después. Buena compañía para este viaje, indispensable.
Después empieza el mareo, aunque sin molestar. No necesitaré biodramina. Sube una buena sensación, un buen rollo, difícil de explicar con palabras. Empiezan los sudores, una dosis extra de percepción extrasensorial, y una sonrisa permanente. Los sentidos se desarrollan por momentos, y las cosas se ven de una manera más clara. La ventana es el mirador hacia un exterior que nos supera.
Mientras tanto, estoy con Derek avanzando en la película, y, sí, estoy dentro. Es increíble, pero al conocer la trama, avanza a su ritmo y me parece estar sentado como espectador del duelo de modelos. Es real, e incluso más cuando viene el efecto espejo. Derek, Hansel y Matilda se ven reflejados en la pantalla. Eso sí, los enanos nepalíes no, por fortuna. Aunque toda la psicodelia zoolanderniana, y sobre todo, Mugatu, hacen que el viaje sea más placentero. Aunque el cuarto pseudoviajero en discordia, se duerma. Todo es distinto, veo distinto, oigo distinto, incluso saboreo un simple chicle como nunca lo hubiera hecho.
El incorporarse es una estación más, y las iglesias se transforman en pistas de saltos de esquí. Las ventanas de enfrente se supone que nos observan. Mi pie derecho sobra sobre mi rodilla izquierda, y me lo hacen notar repetidas veces. Las carreras aparecen en las rejillas. El sofá es gigantesco y reconfortante. Ahora sí que puedo llegar a asimilar gran parte de la discografía de Los Planetas. Creo que no llegaré al Low.
Dejamos a Derek liberando el mundo y descubrimos las bondades de los espejos y sus múltiples posibilidades. La TV se acerca y se aleja al mismo tiempo. Puedo ser testigo de las tres dimensiones de Nôtre-Dame y su rosetón. Nunca 30m2 dieron tanto juego.
La conspiración se cierne, o eso creemos: el cuarto en discordia come patatas masticando estruendosamente, y lo oigo más que nunca. No sólo yo. Pero no. Falsa alarma, eso sí, las amenazas a salir fuera nos hacen tener una cosa clara: eso no lo haríamos. No, no.
De repente, Pinto nos coloca en el sofá desde la caja tonta: la barrera a la izquierda. El césped de Balaídos se transforma en el parqué de una cancha de fútbol sala. Gol!!!! ¿De quién? De Cannobbio, parece mentira. Nunca un Celta-Zaragoza dio tanto juego. Incluso, apareció sin explicación un choto. Las fotos y vídeos nunca harán justicia a las sensaciones tan buenas, cómodas, relajadas y al mismo tiempo, divertidas. Nada de dragones ni psicodelias.
Pero todo tiene un fin, llegada. El viaje se empieza a acabar y esto se acelera con el sentido del gusto. Todo sabe distinto, mejor, más dulce, más salado. Quedan buenas sensaciones pero no es el efecto anterior. ¿Cuántos días hemos estado así? Apenas 3 horas, pero parecen un mundo. Aunque todo se recuerda perfectamente con increíble lucidez, sí que parece que haya pasado más de un día. Una increíble experiencia, recomendable 100×100.